Tenemos hambre y buscamos algo para comer. Sentimos sed y tomamos agua. Notamos frío y buscamos un suéter. Algo nos duele y podemos señalar dónde.
Parecen acciones sencillas. Sin embargo, antes de poder hacer cualquiera de ellas ha ocurrido algo mucho más complejo: nuestro organismo generó una señal, esa información llegó al sistema nervioso y, de alguna manera, pudimos percibirla, identificarla e interpretar lo que significaba. A esa capacidad de percibir lo que sucede dentro de nuestro cuerpo se le llama interocepción.
Pero, no todas las personas experimentamos esas señales de la misma manera.
El cuerpo nos habla todo el tiempo.
Aunque no seamos conscientes de ello, en cada momento nuestro cerebro está recibiendo información procedente del organismo. El corazón late. Los pulmones modifican su ritmo. El estómago se distiende. Cambia nuestra temperatura. La vejiga se llena. Los músculos se fatigan. Aparece dolor. Cambian las necesidades de agua, alimento, oxígeno o descanso. Una parte de esa información nunca llega a nuestra conciencia. Otra sí.
La interocepción comprende precisamente ese complejo proceso mediante el cual el sistema nervioso recibe, integra e interpreta información sobre el estado interno del organismo. No se limita al hambre o a los latidos del corazón. Incluye señales relacionadas con la respiración, la temperatura, el dolor, la sed, las sensaciones gastrointestinales y muchas otras condiciones fisiológicas.
El neurocientífico A. D. Craig, uno de los investigadores que ayudó a desarrollar el concepto moderno de interocepción, utilizó una expresión especialmente interesante al hablar de la representación del estado fisiológico del cuerpo:
“the material me” —“el yo material”—.
A. D. Craig, Nature Reviews Neuroscience, 2002.
La expresión resulta interesante porque nos recuerda algo fundamental: nuestra experiencia del mundo no ocurre separada del cuerpo.
Percibir una señal no significa necesariamente comprenderla
Podemos pensar que reconocer hambre, cansancio o dolor es automático. Pero no siempre lo es.
Una cosa es que el organismo genere una señal. Otra, percibir que algo está sucediendo. Y otra distinta, identificar qué significa esa sensación y responder de acuerdo a ella.
Por ejemplo, una persona puede comenzar a sentirse inquieta y todavía no reconocer que tiene hambre. Puede experimentar malestar sin localizar claramente dónde le duele. Puede notar la necesidad de ir al baño cuando ya se ha vuelto urgente. O sentirse cada vez más cansada sin identificar todavía que necesita descansar.
Esto no significa necesariamente que el cuerpo no haya enviado la señal. La señal puede estar ahí y, sin embargo, no resultar sencillo reconocerla, interpretarla o comunicarla.
La investigación actual entiende precisamente la interocepción como un fenómeno multidimensional. Podemos hablar de detección, atención, intensidad, discriminación, precisión o capacidad para interpretar las señales corporales, entre otros procesos. Esta diferencia es importante cuando hablamos de autismo.
¿La interocepción es diferente en el autismo?
Aquí necesitamos evitar respuestas demasiado simples.
Durante los últimos años se ha estudiado si las personas con autismo presentan diferencias en la interocepción. Algunos trabajos han encontrado menor precisión en determinadas tareas, otros mayor intensidad o diferencias en la percepción subjetiva y otros no han encontrado diferencias significativas.
En 2025, Klein, Witthöft y Jungmann publicaron una revisión sistemática y metaanálisis que reunió 31 estudios realizados en niños, adolescentes y adultos autistas. Los resultados no mostraron un único patrón: dependiendo de la edad, del aspecto de la interocepción estudiado y de la forma de medirlo, los hallazgos fueron diferentes. Este dato me parece especialmente importante. No podemos afirmar que todas las personas con autismo tengan una interocepción “deficiente”. Tampoco que exista una única manera en la que las personas con autismo experimentan las señales internas de sus organismos.
Lo que sí podemos decir es que pueden existir diferencias interoceptivas y que hay una gran variabilidad entre las distintas personas personas. Una persona puede percibir determinadas señales con mucha intensidad y otras con menor claridad. Puede reconocer algunas con facilidad y otras solamente cuando se vuelven más intensas. Y dos personas con el mismo diagnóstico pueden tener experiencias corporales completamente diferentes. Esto es parte de la heterogeneidad del autismo. Y es algo que no se debe perder de vista nunca. Cada persona es única.
¿Cómo puede verse esto en la vida cotidiana?
Aquí es donde la fisiología deja de ser solamente interesante y empieza a ayudarnos a comprender. Imaginemos a un niño que comienza a inquietarse poco antes de comer. Quizá tiene hambre y todavía no puede reconocer esa sensación como hambre. Otro puede mostrarse irritable cuando algo le duele, pero ser incapaz de identificar dónde está el dolor. Otro puede evitar ir al baño hasta que la necesidad es muy intensa. Y alguien puede encontrarse cansado, sobrecargado o incómodo sin poder explicar qué está sintiendo.
Nada de esto significa que cada conducta tenga una explicación interoceptiva. Sería un error pasar de ignorar el cuerpo a intentar explicar todo a través de él. Significa algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más útil:
cuando tratamos de comprender qué le está sucediendo a una persona, también vale la pena preguntarnos qué puede estar ocurriendo dentro de su cuerpo.
La conducta también puede darnos información
En Humanizando el Autismo hemos hablado muchas veces de que la conducta es comunicación. Pero comunicación no significa necesariamente que una persona esté tratando conscientemente de decirnos algo mediante su conducta. A veces, lo que observamos por fuera puede ser la expresión de hambre, dolor, cansancio, estreñimiento, necesidad de ir al baño, dificultad respiratoria, sobrecarga sensorial, miedo, estrés o muchas otras situaciones que la propia persona quizá todavía no puede identificar o comunicar. Esto adquiere especial importancia en personas no hablantes o con comunicación limitada, pero no solamente en ellas. Poder hablar no significa necesariamente poder identificar con precisión una sensación corporal y ponerla en palabras. Por eso observar importa.
- ¿Ocurre siempre a determinada hora?
- ¿Aparece antes de comer?
- ¿Coincide con varios días sin evacuar adecuadamente?
- ¿Sucede después de una jornada especialmente demandante?
- ¿Hay cambios en el sueño?
- ¿La persona toca, presiona o protege alguna zona de su cuerpo?
- ¿La conducta apareció de repente cuando antes no estaba presente?
Estas observaciones sirven para hacer mejores preguntas y, cuando sea necesario, buscar una valoración profesional.
El cerebro y el cuerpo están en comunicación constante
La interocepción tampoco funciona como un sistema aislado; como todo en nuestro organismo, todo está interrelacionado e intercomunicado. Las señales procedentes del corazón, pulmones, intestino y otros órganos viajan hacia el sistema nervioso a través de diferentes vías nerviosas y también mediante señales químicas. El cerebro recibe e integra buena parte de esa información y participa continuamente en los ajustes necesarios para mantener el equilibrio interno.
Aquí podemos conectar la interocepción con algo de lo que hemos hablado anteriormente en Humanizando el Autismo: el sistema nervioso autónomo y el nervio vago.
El nervio vago contiene una gran cantidad de fibras aferentes que llevan información desde diferentes órganos hacia el cerebro y forma parte de esa comunicación bidireccional entre el cerebro y el cuerpo. Pero no es la única vía. La interocepción surge de una red mucho más amplia que incluye vías periféricas y distintas estructuras del sistema nervioso. Una vez más: el cuerpo funciona como una red.
Interocepción, emociones y bienestar
Las señales internas tampoco permanecen separadas de nuestras emociones y nuestra conducta. Cuando sentimos miedo, por ejemplo, pueden cambiar los latidos del corazón, la respiración, la tensión muscular o las sensaciones gastrointestinales. Parte de la experiencia que llamamos “miedo” incluye precisamente información procedente del cuerpo. Algo parecido sucede con muchas otras experiencias emocionales. Por eso existe un interés creciente en estudiar la relación entre interocepción, regulación emocional, ansiedad y otros procesos psicológicos. Sin embargo, en el autismo todavía quedan muchas preguntas abiertas y sería prematuro atribuir dificultades emocionales o conductuales directamente a una alteración interoceptiva.
Esto también nos recuerda que separar estrictamente “lo físico” de “lo emocional” muchas veces tiene poco sentido. Somos un organismo completo.
Entonces, ¿qué podemos hacer? No necesitamos convertir cada momento cotidiano en un ejercicio terapéutico.
Podemos empezar por algo mucho más sencillo: observar, acompañar y ayudar a poner palabras —cuando sea posible— a lo que sucede en el cuerpo. Podemos preguntar “¿tienes hambre?”, pero también ayudar a reconocer cómo se siente el hambre. Podemos hablar del cansancio antes de que sea extremo. Podemos observar patrones de sueño, evacuación, alimentación, dolor o cambios de conducta. Podemos enseñar poco a poco vocabulario relacionado con las sensaciones corporales y ofrecer otras formas de comunicación cuando las palabras no son suficientes. Y, sobre todo, podemos evitar asumir que si una persona no dice que algo le duele, tiene hambre, está cansada o necesita ir al baño, entonces esa necesidad no existe.
Mirar un poco más allá de lo que vemos
Comprender la interocepción no nos proporciona una explicación para cada conducta. Nos ofrece algo que considero mucho más valioso: otra pregunta que podemos hacernos antes de sacar conclusiones.
¿Qué puede estar sucediendo dentro de esta persona?
Quizá no encontremos inmediatamente la respuesta. A veces será hambre. Otras veces dolor, cansancio, ansiedad, sobrecarga, una necesidad fisiológica o algo completamente distinto. Y muchas veces necesitaremos observar, preguntar, evaluar y descartar posibilidades. Pero cambiar la pregunta, cambia nuestra manera de mirar. Cuando dejamos de observar únicamente lo que una persona hace y comenzamos también a preguntarnos qué puede estar experimentando, dejamos espacio para una comprensión más amplia.
Lo que sucede por dentro influye en lo que vemos por fuera, en la conducta y en el bienestar.
Y comprender también es una forma de acompañar.