¿Qué significa realmente regular el sistema nervioso?

Hay momentos en los que una persona parece pasar de estar bien a sentirse completamente sobrepasada en muy poco tiempo. Un ruido que parecía tolerable deja de serlo. Una espera se vuelve difícil. Aparece inquietud, necesidad de moverse, irritabilidad, bloqueo, cansancio o una reacción que, vista solamente desde fuera, puede parecernos desproporcionada.

Cuando esto ocurre, es fácil mirar únicamente la conducta. Pero una conducta nunca ocurre aislada del cuerpo.

Detrás de lo que vemos hay un organismo recibiendo información, interpretándola y tratando de responder a ella. El sistema nervioso participa continuamente en ese proceso: detecta lo que sucede fuera de nosotros, recibe señales del interior del cuerpo y coordina respuestas que nos permiten adaptarnos. Comprender esto no significa explicar todas las conductas a través del sistema nervioso ni asumir que cada dificultad es consecuencia de una “desregulación”. Significa ampliar la mirada.

Porque antes de preguntarnos únicamente “¿por qué está haciendo esto?”, a veces vale la pena preguntarnos también:

“¿Qué puede estar ocurriendo en su cuerpo en este momento?”

Nuestro sistema nervioso no está diseñado para mantenernos tranquilos todo el tiempo. Está diseñado para ayudarnos a responder a un entorno que cambia constantemente.

A lo largo del día necesitamos levantarnos, movernos, concentrarnos, resolver problemas, comer, digerir, interactuar con otras personas, afrontar algo inesperado y después descansar. Para hacerlo, el organismo ajusta continuamente una enorme cantidad de funciones.

Una parte importante de estos ajustes depende del sistema nervioso autónomo, que participa en la regulación de procesos que no necesitamos dirigir conscientemente a cada instante: frecuencia cardiaca, presión arterial, digestión, temperatura corporal, sudoración, diámetro de las pupilas y muchas otras funciones necesarias para mantener el equilibrio interno.

Dentro de este sistema encontramos dos grandes ramas q: simpática y parasimpática.

Durante mucho tiempo se han explicado casi como si fueran fuerzas opuestas: una relacionada con el estrés y la otra con la calma. Esa explicación puede servir como primera aproximación, pero la fisiología es bastante más interesante y compleja.

No existe un sistema “malo” que debamos apagar y otro “bueno” que debamos mantener encendido. Necesitamos ambos.

Activarnos también es saludable

La rama simpática participa especialmente en situaciones en las que necesitamos movilizar recursos.

Si tenemos que correr, prestar mucha atención, responder rápidamente ante algo inesperado o afrontar una demanda importante, el organismo necesita modificar su funcionamiento. Puede aumentar la frecuencia cardiaca, redistribuir el flujo sanguíneo, movilizar energía y priorizar temporalmente aquello que resulta más importante para responder. Esa capacidad de activarnos es indispensable.

El problema no es que el organismo se active. La dificultad puede aparecer cuando las demandas son demasiado intensas, demasiado frecuentes o cuando, una vez que han pasado, al cuerpo le cuesta recuperar un estado que permita el descanso, la digestión, la reparación y el sueño.

Por eso, cuando hablamos de regulación, quizá una de las ideas más importantes sea ésta:

Tan importante como poder activarnos es poder recuperarnos.

El equilibrio no es permanecer siempre en el mismo estado. Es tener flexibilidad para responder cuando algo lo requiere y encontrar después el camino de regreso a la calma.

El parasimpático tampoco es simplemente “el sistema de la calma”. La rama parasimpática participa en numerosos procesos relacionados con conservación de energía, digestión, recuperación y regulación de distintas funciones viscerales.

Dentro de ella, el nervio vago tiene un papel especialmente importante. Es el décimo par craneal y constituye una de las principales vías de comunicación entre el cerebro y diferentes órganos del cuerpo, entre ellos el corazón, los pulmones y gran parte del aparato digestivo.

Pero hay algo especialmente interesante: esa comunicación no ocurre únicamente desde el cerebro hacia los órganos. Una gran proporción de las fibras del nervio vago son aferentes, es decir, llevan información desde el cuerpo hacia el cerebro.

Esto nos recuerda algo fundamental: el cerebro no trabaja aislado. Continuamente recibe información acerca de lo que está ocurriendo dentro del organismo y utiliza esas señales, junto con la información que llega del entorno y con la experiencia previa, para ajustar sus respuestas.

Por eso hablar de regulación del sistema nervioso es hablar también de respiración, sueño, movimiento, digestión, dolor, temperatura, hambre, señales sensoriales, relaciones y contexto.

El cuerpo funciona como una red.

¿Por qué algunas personas parecen reaccionar con tanta intensidad? Esta es una pregunta especialmente importante cuando hablamos de autismo. Sabemos que existe una enorme diversidad entre las personas con autismo y que no hay una única forma en la que funcione su sistema nervioso. Sin embargo, la investigación ha descrito diferencias en distintas áreas relacionadas con el procesamiento sensorial, la interocepción y la regulación autonómica en algunas personas dentro del espectro autista. Esto puede ayudarnos a comprender por qué determinadas experiencias que para otra persona resultan manejables pueden representar una carga mucho mayor para alguien más.

Pero sería un error reducirlo todo al autismo. Dormir poco modifica nuestra capacidad para responder al día siguiente. El dolor cambia nuestra tolerancia. El hambre, el estreñimiento, una infección, el calor, determinados estímulos sensoriales, el esfuerzo cognitivo o una situación emocionalmente exigente también pueden modificar el estado del organismo.

Y muchas veces varias de estas cosas ocurren al mismo tiempo.

Un niño puede haber dormido mal, tener dolor abdominal, llevar varias horas conteniendo el ruido de un lugar, estar intentando comprender una demanda y, además, no poder comunicar con claridad lo que siente.

La reacción que finalmente vemos puede ser solamente la parte visible de una carga que se fue acumulando. Esto no significa que detrás de cada conducta exista necesariamente un problema físiológico. Tampoco significa que debamos interpretar cualquier reacción como una respuesta autonómica. Significa que el contexto importa.

Cuando sólo observamos el comportamiento, podemos pensar:

  • “¿Por qué no puede controlarse?”
  • “¿Por qué algo tan pequeño provoca esta reacción?”
  • “¿Por qué hoy pudo hacerlo y ayer no?”

Pero si entendemos que el sistema nervioso responde a la suma de información que recibe del cuerpo, del entorno y de la experiencia, podemos empezar a formular preguntas diferentes:

  • ¿Durmió bien?
  • ¿Tiene hambre, sed o dolor?
  • ¿Ha podido ir al baño?
  • ¿Hay demasiados estímulos alrededor?
  • ¿Lleva mucho tiempo haciendo un esfuerzo por adaptarse?
  • ¿Está cansado?
  • ¿Puede comprender lo que va a suceder?
  • ¿Tiene alguna forma de comunicar que necesita parar?

Ninguna de estas preguntas sustituye la valoración profesional cuando existe un problema de salud ni explica por sí sola una conducta. Pero juntas pueden ofrecernos algo muy valioso: hay que pensar en el contexto y tener más información antes de interpretar.

Regular no significa hacer desaparecer una emoción

En los últimos años la palabra regulación se ha vuelto muy popular. A veces incluso parece que el objetivo fuera conseguir que una persona permanezca tranquila independientemente de lo que esté viviendo.

Y la verdad es que no es así. Sentir miedo ante una amenaza, activarnos frente a un reto, enfadarnos, necesitar alejarnos de un estímulo o requerir tiempo para recuperarnos son respuestas humanas. Regular tampoco significa impedir una emoción ni enseñar a alguien a ocultar aquello que siente para que su comportamiento resulte más cómodo para los demás.

Desde la fisiología, podemos entender la regulación de una manera más amplia: como la capacidad del organismo para ajustar su estado a las demandas del momento y seguir adaptándose cuando esas demandas cambian.

A veces necesitaremos activarnos. A veces necesitaremos detenernos. Y otras veces necesitaremos ayuda para hacer la transición entre ambas cosas.

El entorno también participa en la regulación

Cuando pensamos en ayudar a alguien a regularse solemos buscar inmediatamente una técnica. Respirar. Hacer un ejercicio. Utilizar alguna herramienta sensorial. Estas estrategias pueden ser útiles, pero antes hay algo todavía más básico: mirar el contexto.

Tal vez podamos disminuir un estímulo que está resultando excesivo. Anticipar lo que va a ocurrir. Permitir movimiento. Dar más tiempo para responder. Facilitar una pausa. Revisar si existe dolor o malestar físico. Cuidar el sueño. Observar qué ocurrió antes de que apareciera la reacción.

Y, especialmente en los niños, recordar que la regulación no siempre se construye en soledad.

La presencia de un adulto disponible, predecible y capaz de observar antes de reaccionar también forma parte del entorno en el que ese sistema nervioso está intentando adaptarse.

No siempre podremos evitar que nuestros hijos se sobrecarguen. Tampoco sería realista pretender eliminar todas las dificultades de su entorno. Podemos, sin embargo, conocerlos mejor. Observar qué situaciones les demandan más, reconocer sus primeras señales de saturación, descubrir qué les ayuda a recuperarse y diferenciar cuándo necesitan acompañamiento y cuándo necesitan espacio.

Comprender cambia la manera de acompañar

Quizá ésta sea la razón más importante para hablar del sistema nervioso en Humanizando el Autismo. Para recordar que aquello que vemos desde fuera sucede dentro de un organismo completo.

Cuando comprendemos esto, una conducta deja de ser solamente algo que tenemos que detener, corregir o controlar. Puede convertirse también en información que vale la pena observar.

A veces nos hablará de cansancio. Otras de dolor, miedo, frustración, sobrecarga sensorial, dificultad para comprender lo que ocurre o necesidad de movimiento. Y habrá ocasiones en las que necesitaremos seguir buscando porque no tendremos inmediatamente la respuesta.

Comprender el cuerpo nos permite hacer mejores preguntas.

Y quizá ahí empiece una forma diferente de acompañar: no preguntarnos solamente qué conducta queremos cambiar, sino qué necesita ese organismo para poder responder y, después, encontrar nuevamente su equilibrio.

Humanizando el Autismo

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