Mi marido y yo teníamos muy claro que queríamos tener un hijo. También teníamos claro que queríamos prepararnos de la mejor manera posible para recibirlo.
Un año antes de buscar el embarazo, contactamos a una doula (una profesional capacitada para acompañar a las mujeres y sus familias durante el embarazo, el parto y el posparto). Hicimos una cita con ella y nos ayudó a resolver muchas dudas. Nos recomendó un ginecólogo que atendía partos humanizados, hospitales donde se respetaban este tipo de nacimientos y algunos suplementos importantes para la etapa previa a la concepción y durante el embarazo. Hicimos lo mejor que pudimos, con lo que nos recomendaron.
En pocas palabras, intentamos prepararnos lo mejor que pudimos.
En aquel momento no sabíamos la importancia que también tiene la salud y la preparación del papá antes de la concepción, así que enfocamos nuestros esfuerzos principalmente en mí. Con los conocimientos que tenía entonces, me preparé lo mejor que pude en todos los sentidos.
Hoy, con todo lo que he aprendido, con la experiencia vivida y con los especialistas que he tenido la fortuna de conocer, hay muchas cosas que haría de forma distinta. Con la formación que tengo actualmente y con lo que sé hoy en día, habría hecho muchas cosas diferentes; sobre todo en relación con el estilo de vida, la suplementación, la nutrición y la carga tóxica. Pero de eso hablaré más adelante.
Casi un año después, y justo cuando decidimos relajarnos un poco (sobre todo yo), me hice una prueba de embarazo.
Resultó positiva.
¡Qué momento tan increíble!
Recuerdo los nervios, la emoción, la felicidad y la sensación de que nuestra vida estaba a punto de cambiar para siempre.
El embarazo transcurrió de maravilla. Fue un embarazo sano, tranquilo y muy disfrutado. Me encantaba sentir crecer mi panza y saber que mi chiquito estaba ahí, acompañándome. Todas las revisiones y ultrasonidos fueron favorables; Luciano crecía muy bien y todo indicaba que se trataba de un embarazo saludable.
Pero en una de las revisiones descubrimos que Luciano venía con una doble circular de cordón alrededor del cuello. Se podrán imaginar mi frustración, porque pensé que eso implicaba olvidarme del parto para el que me había preparado. Afortunadamente, la oxigenación siempre fue buena y el obstetra que me acompañó, que tenía una visión muy humana y respetuosa del nacimiento, me tranquilizó. Me explicó que nadie podía conocer con certeza la longitud del cordón, que todo bebé merecía la oportunidad de pasar por un trabajo de parto y que una doble circular de cordón no necesariamente impedía tener un parto vaginal.
Luciano decidió nacer un domingo por la mañana, en un parto en agua, muy hermoso, exactamente como lo habíamos imaginado. Bueno, un parto; con dolor, con esfuerzo, tanto suyo como mío. Un esfuerzo por traerlo al mundo y de él por nacer. Con luces tenues. Sin mayor intervención. Sin prisas. Con la música que había elegido para su nacimiento. Lo recibió su papá mientras de fondo se escuchaba “Mi Pequeño Tesoro”, de Presuntos Implicados.
Luciano llegó al mundo con los ojos bien abiertos. Estaba sano, tranquilo, despierto y perfecto. Lo pusimos sobre mi vientre y, con el instinto sabio de la naturaleza, fue avanzando hasta encontrar el pecho y comenzar a alimentarse. Mostrándonos, una vez más, la maravilla de la vida y la sabiduría del cuerpo humano.
Y aunque todavía no lo sabíamos, aquel pequeño niño venía a transformar nuestras vidas de formas que jamás habríamos podido imaginar.