Mi marido y yo teníamos claro que queríamos tener un hijo. También teníamos claro que queríamos prepararnos de la mejor manera que pudiéramos. Un año antes de embarazarnos buscamos a una doula, (que es una persona preparada y calificada que acompaña los partos) que había asistido el parto de una querida amiga. Hicimos una cita con ella, nos aclaró varias dudas, nos recomendó un ginecólogo que realizaba partos humanizados, hospitales donde realizan y permiten partos respetados, algunos suplementos importantes antes de concebir y durante el embarazo; en fin tratamos de prepararnos de la mejor manera. En ese momento no sabíamos la importancia de que el papá se preparara de la mejor manera también así que nos enfocamos en mí. Con lo que sabía en ese entonces me preparé lo mejor que pude en todos sentidos. Muchas cosas hoy en día, con el conocimiento que tengo y los especialistas que conozco, las haría distintas pero de eso hablaré más adelante.
Casi un año después, y justo cuando nos relajamos, principalmente yo, me hice una prueba y resultó positiva. ¡Que cosa más increíble!
El embarazo transcurrió perfecto, sano, disfrutándolo mucho, feliz con mi panza y la compañía de mi chiquito. Todas las revisiones y ultrasonidos resultaron perfectos, el bebé crecía muy bien y el embarazo era saludable.
Luciano decidió nacer un domingo por la mañana en un parto muy lindo en agua, como lo habíamos planeado, con la música que yo había escogido. Lo recibió su papá mientras se escuchaba “Mi Pequeño Tesoro” de Presuntos Implicados de fondo. Luciano llegó al mundo con los ojos bien abiertos, sano, despierto, tranquilo, perfecto.