Alimentación real vs ultraprocesada: azúcar, aditivos y su impacto en la salud y en el autismo

La alimentación es una de las herramientas más poderosas para cuidar nuestra salud. Sin embargo, en el mundo actual, lo natural convive con lo artificial; frutas frescas frente a ultraprocesados, agua frente a refrescos, comidas caseras frente a fórmulas industriales llenas de aditivos. Las necesidades de la vida moderna y el estilo de vida acelerado que llevamos actualmente, nos hace presas fáciles de la industria que nos invade con sus productos, su practicidad, sabor, consistencia, color. Esto altera nuestros paladares y sesga nuestras desiciones.

Lo que ponemos en la mesa y nos llevamos a la boca, influye en nuestro metabolismo, en el sistema inmune, la microbiota intestinal, nuestro estado emocional y hasta en el funcionamiento de nuestro cerebro.

Para las personas con autismo, esta relación se vuelve aún más relevante. La evidencia científica muestra que el consumo de azúcar, edulcorantes, colorantes, saborizantes y conservadores no solo afecta la salud digestiva; sino también la conducta, la regulación emocional y la función neurológica. Entender estos mecanismos y tomar mejores decisiones, genera una transformación, mediante la cual, lo que comemos se convierte en un recurso terapéutico.

Alimentos reales, procesados y ultraprocesados

El epidemiólogo Carlos Monteiro y su equipo de la Universidad de São Paulo propusieron la clasificación NOVA, que distingue a los alimentos según su grado de procesamiento:

  • Alimentos reales o naturales: frutas, verduras, huevos, carnes, semillas, granos integrales. Conservan su estructura original y sus nutrientes esenciales. Se presentan de manera natural.
  • Procesados: Pan artesanal, quesos, yogur natural, conservas simples. Han sufrido cierta transformación; como por ejemplo, tostarlos, cocerlos, fermentarlos, molerlos.
  • Ultraprocesados: Productos industriales con listas largas de ingredientes (azúcares añadidos, harinas refinadas, grasas trans, colorantes, saborizantes, emulsionantes). Carecen de valor nutricional real y generan adicción al hiperestimular el paladar.

“Los ultraprocesados no son comida, son fórmulas industriales con efectos adversos sobre la salud pública”

Carlos A. Monteiro, Universidad de São Paulo.

Los alimentos procesados industrialmente son altos en sal, en azúcar, en aceites vegetales, en grasas trans, en harinas. Utilizan saborizantes, conservadores artificiales, agentes aglomerantes y otros aditivos para conseguir la textura, el color y el sabor deseados que aumentan la palatabilidad del producto y generan que no podamos parar de comerlos.

Azúcar y edulcorantes
El azúcar es un disacárido compuesto por glucosa y fructosa. Cuando hay un exceso de azúcar en el organismo, se segrega un exceso de insulina. El consumo elevado de azúcares añadidos se asocia con múltiples afectaciones en el organismo; como la obesidad, la resistencia a la insulina, el hígado graso y la inflamación sistémica. En los niños con autismo, puede empeorar la irritabilidad, la hiperactividad y los problemas de sueño debido a picos de glucosa e insulina que alteran la neurotransmisión.

Existen distintos tipos de azúcares:

  • Azúcares intrínsecos: los que están dentro del alimento (fruta entera, verdura, leche).
  • Azúcares añadidos: los que se agregan a preparaciones o industrialmente (azúcar de mesa, miel, jarabes, concentrados de jugos, etc.)

Es importante esta diferencia, porque en la fruta entera y la verdura, la fibra y la matriz vegetal que los conforman amortiguan la respuesta glucémica en el organismo; además de que alimentan a la microbiota intestinal. En los jugos o azúcares libres esa protección disminuye o no existe, con lo cual, aumenta el impacto metabólico del azúcar en el organismo.

El azúcar (especialmente el añadido o libre) no aporta nutrientes esenciales, desplazando alimentos más densos en vitaminas, minerales, aminoácidos y fibra; sólo genera calorías vacías.

«Los azúcares son calorías vacías lo que significa que nutricionalmente no aportan ningún valor. El exceso de azúcar cambia el patrón de la microbiota favoreciendo la disbiosis y la inflamación.

Dra. María Dolores de la Fuente

El exceso de azúcar está ligado a múltiples riesgos para la salud. El azúcar añadido (especialmente los que contienen fructosa) promueve enfermedades metabólicas y problemas de salud como el hígado graso, la dislipidemia, la resistencia a la insulina, la hipertensión y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares y la diabetes tipo 2. Entre las afectaciones a la salud que genera un elevado consumo de azúcar podemos mencionar:

  • Salud metabólica: hígado graso, inflamación, presión alta, diabetes, obesidad.
  • Salud dental: caries y deterioro del esmalte.
  • Cerebro: afecta la memoria, atención y estado de ánimo.

Nuestro cuerpo necesita glucosa (ya sea derivada del consumo de carbohidratos o del catabolismo de las proteínas o de las grasas), para alimentar el cerebro, al sistema nervioso y a las células, además de servir como fuente de energía; pero no necesita azúcar añadida o libre. El cuerpo, que es maravilloso y sorprendente, mantiene diferentes sistemas para fabricar y regular los niveles de glucosa en el organismo, a través de hormonas como la insulina y el glucagón.

Un exceso de azúcar en el organismo obliga al sistema a elevar los niveles de insulina para poder reducirlo. Esto genera hipoglucemia. Lo que provoca que la glándula suprarrenal libere hormonas como la epinefrina y la noreprinefina; asociadas con un aumento de la ansiedad y el nerviosismo. Al mismo tiempo, el cerebro libera glutamato, que es el neurotransmisor activador que genera excitabilidad. Todo esto, genera hiperactividad.

Como si esto fuese poco, el azúcar alimenta hongos y levaduras, lo que promueve su sobrecrecimeinto y disbiosis en la microbiota intestinal.Todo esto impacta fisiológicamente y conductualmente.

Las ingestas elevadas de azúcares alteran el paladar y generan adicción. Por eso cuando se reducen o se sacan de la dieta, las personas padecen el síndrome de abstinencia.

Las personas con autismo presentan con frecuencia síntomas gastrointestinales, selectividad alimentaria, alteraciones sensoriales y estrés crónico. Un consumo alto en azúcar puede potenciar la disbiosis intestinal, alterar la microbiota, generar variabilidad glucémica en el organismo (lo que impacta en la energía y la conducta), aumentar el riesgo de problemas dentales, mientras que altera el paladar, el gusto y quita espacio para alimentos densos en nutrientes. Diversos estudios muestran que el consumo de bebidas azucaradas en niños con autismo empeora el desempeño en algunas funciones ejecutivas como la atención y el control inhibitorio.

Los edulcorantes son sustancias que dan sabor dulce con pocas o ninguna caloría (estevia, aspartamo, sucralosa, eritritol, xilitol, etc.). Algunos son naturales y otros totalmente sintéticos. Por lo tanto no todos son iguales. Los edulcorantes artificiales se promocionan como seguros y hasta saludables, pero la evidencia es preocupante. Hay estudios que muestran que tienen efectos metabólicos, que generan cambios en la microbiota intestinal y señalan un posible riesgo cardiovascular o cancerígeno. Un estudio reciente mostró que su consumo excesivo puede acelerar el deterioro cognitivo en adultos, con un efecto equivalente a 1,6 años adicionales de envejecimiento cerebral (Suemoto et al., 2025).

El aspartamo o aspartame (E951) es un edulcorante sintético utilizado principalmente en productos dietéticos. Está constituido por un 50% de fenilalanina; un precursor de la tirosina. Cuando este aminoácido se encuentra en altas concentraciones produce síntomas de ansiedad e inhibe la acción del triptofano; lo que puede producir estados de depresión y angustia.

Su uso en la población infantil se relaciona con alteraciones en la microbiota y con mayor permeabilidad intestinal. Estos factores están estrechamente relacionados a la neuroinflamación y a la modulación de la conducta.

Aditivos: colorantes, saborizantes y conservadores
Los colorantes alimentarios son aditivos que pintan o refuerzan el color de un producto. No aportan nutrientes, ni sabor.

Diversos estudios han mostrado que tienen efecto sobre la conducta y la atención; sobre todo en personas con mayor susceptibilidad. Algunos niños y adultos con autismo muestran mayor sensibilidad a aditivos y colorantes teniendo mayores afectaciones y cambios intestinales, inmunes y conductuales.

Estudios publicados muestran que este tipo de aditivos pueden atravesar las mucosas y que su absorción aumenta si hay permeabilidad intestinal. Se está estudiando su impacto a largo plazo en la microbiota. Recordemos que en nuestro organismo todo está conectado, si existe disbiosis en la microbiota intestinal, hiperpermeabilidad intestinal o inflamación de bajo grado, los colorantes podrían aumentar y empeorar los síntomas.

Es una locura la cantidad de aditivos y colorantes que contienen los ultraprocesados, especialmente, los dirigidos a los niños. Actualmente, se están consumiendo cinco veces más colorantes artificiales que en 1955. Las investigaciones han asociado su uso con problemas en los niños como alergias, hiperactividad, problemas de aprendizaje y agresividad.

Una revisión sistemática reciente estimó que alrededor del 1,2% de los niños presentan reacciones de hipersensibilidad (desde erupciones cutáneas hasta síntomas respiratorios y digestivos) frente a aditivos como conservadores, edulcorantes y potenciadores del sabor como el glutamato monosódico. La combinación de varios aditivos (edulcorantes + colorantes + emulsionantes) aumenta el riesgo de alteraciones metabólicas como la diabetes tipo 2 (Touvier et al., BMJ, 2024).

El glutamato monosódico (GMS, E-621) se utiliza como potenciador del sabor para realzar el sabor umami, el “quinto sabor”. Es muy utilizado por la industria en los productos procesados. Su uso se ha asociado al “Síndrome del restaurante chino” con síntomas como dolor de cabeza, palpitaciones, adormecimiento y enrojecimiento tras comer en restaurantes chinos donde se usa mucho glutamato monosódico como potenciador de sabor.

La evidencia (en animales) muestra efectos del consumo de glutamato monosódico, especialmente junto con dietas poco saludables altas en grasas y azúcares, ya que puede alterar la microbiota, romper la barrera intestinal y desencadenar procesos inflamatorios y metabólicos; incluso tener un impacto neurológico y en la conducta.

Autismo y alimentación
Hay demasiada evidencia científica en la actualidad que manifiesta la relación que tiene la alimentación con el autismo. Hoy ya no es sostenible que ningún especialista diga que los niños con autismo pueden comer lo que sea o que la intervención nutricional adecuada y personalizada no tiene un impacto significativo y positivo en la salud y la conducta. La investigación ha encontrado vínculos directos entre la dieta y la severidad de síntomas en el autismo. Por ejemplo:

  • Los niños con autismo tienden a tener menor variedad y calidad en la alimentación, con exceso de carbohidratos simples y menos cantidad de proteínas de calidad (pubmed.ncbi.nlm.nih.gov).
  • La exposición prenatal al aspartame o refrescos dietéticos se asoció a un aumento tres veces mayor de riesgo de diagnóstico de autismo en varones (Fowler et al., Nutrients, 2023).
  • Las dietas terapéuticas (sin gluten ni caseína, cetogénica o simplemente saludables y no procesadas) han mostrado mejoras en conductas estereotipadas, cognición y bienestar general. (pubmed.ncbi.nlm.nih.gov).

Lo que comemos afecta la biología e impacta tanto al comportamiento como al desarrollo cerebral. La dieta modula la microbiota intestinal, lo que regula los neurotransmisores como la serotonina y el GABA. Los aditivos y azúcares favorecen la inflamación sistémica y cerebral, influyendo en la conducta y en la regulación emocional.

Una alimentación real ayuda a restablecer la integridad intestinal, modular la inmunidad y mejorar la conexión entre el intestino y el cerebro. Recordemos que en nuestro organismo todo está conectado y que el intestino es el epicentro.

“La dieta es una herramienta poderosa de prevención y tratamiento, capaz de modular la inflamación y la microbiota, y de mejorar la calidad de vida de las personas”

Universidad de Navarra, Facultad de Medicina.

Comer no debería ser un acto de confusión frente a etiquetas interminables, sino una experiencia de conexión con lo real, lo simple y lo nutritivo. Debería ser una manera de darle a nuestro organismo la información que espera y necesita, la materia prima para que funcione adecuadamente; no para enfermarnos.

En familias con autismo, elegir alimentos naturales, reales, antiinflamatorios, eliminar azúcares, edulcorantes y aditivos, no solo protege la salud física, también puede mejorar la conducta, el aprendizaje y la calidad de vida.

La ciencia es clara, cada decisión alimentaria tiene un impacto en el intestino, en el sistema inmune y en el cerebro. Cada elección consciente es un acto de cuidado, protección y amor hacia nuestra salud y la salud de nuestros hijos.

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