No somos lo que comemos; somos lo que absorbemos y asimilamos

Cuando escuchamos la frase “somos lo que comemos”, solemos pensar que basta con elegir alimentos saludables. Sin embargo, la ciencia nos recuerda que no todo lo que comemos logra llegar a nuestras células, ni todo se transforma en salud: somos lo que procesamos, absorbemos y aprovechamos.

Cuando el sistema digestivo no funciona correctamente, los nutrientes no llegan a donde deben; esto repercute en la energía, la reparación, la inmunidad, el cerebro y hasta en las emociones. En las personas con autismo, esto es aún más relevante, ya que diversos estudios muestran que suelen presentar dificultades digestivas, mayor hiperpermeabilidad intestinal y alteraciones en la microbiota.

El viaje del alimento, de la boca al intestino

Para que lo que comemos logre ser absorbido, necesita pasar por varios procesos y partes de nuestro sistema digestivo. La digestión empieza en la boca y termina hasta que desechamos los residuos que no necesitamos.

  • La masticación, donde todo comienza

La digestión inicia en la boca. Masticar bien no solo reduce los alimentos en fragmentos más pequeños que son más sencillos de procesar, también activa la saliva que contiene enzimas como la amilasa, encargada de iniciar la descomposición de los carbohidratos. Una masticación insuficiente, retrasa y dificulta todo el proceso digestivo. Comer rápido o sin masticar bien puede generar fermentaciones intestinales, gases, inflamación y mala absorción de nutrientes. Esto es algo muy común en los niños con autismo, no masticar correctamente y comer muy rápido.

  • El estómago, el ácido clorhídrico y el factor intrínseco

El estómago es un órgano ácido ya que tiene un pH de 1- 2. En él ocurre una etapa clave de la digestión, ya que ahí el ácido clorhídrico rompe las proteínas y activa la enzima pepsina, que las fragmenta en péptidos más pequeños. El ácido clorhídrico también cumple otras funciones como esterilizar, estimular el páncreas y aumentar la biodisponibilidad de vitaminas y minerales.

El estómago también produce el factor intrínseco, indispensable para que la vitamina B12 pueda absorberse más adelante en el intestino.

En este paso se pueden generar algunas alteraciones como:

Hipoclorhidria (falta de ácido gástrico): que provoca digestión incompleta de proteínas, sensación de “pesadez”, reflujo, fermentaciones, mala absorción de hierro, calcio, zinc y B12. Mucha parte de la población padece de hipoclorhidria debido al estrés, al abuso del consumo de los mal llamados protectores gástricos, a la ausencia de grasa o proteína en la dieta, a alteraciones inmunes o autoinmunes, la desregulación de la producción de enzimas pancreáticas y/o bilis.

Hiperclorhidria (exceso de ácido gástrico): puede irritar la mucosa gástrica y generar síntomas como acidez, a menudo está relacionada con infecciones por Helicobacter Pylori.

“La producción adecuada de ácido gástrico es esencial no solo para la digestión de proteínas, sino también para prevenir el sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado.”

Jon Vanderhoof, MD (Current Gastroenterology Reports, 2005)

  • El Hígado, la vesícula y las sales biliares; la digestión de las grasas

Las grasas necesitan un proceso especial para ser digeridas. El hígado produce bilis, almacenada en la vesícula biliar. Al comer, la bilis se libera al intestino delgado y sus sales biliares emulsifican las grasas, es decir, las dividen en gotitas muy pequeñas para que las enzimas (lipasas) puedan actuar. Sin esta emulsificación, las vitaminas liposolubles como la A, D, E y K no se absorben correctamente. Un déficit en la producción o flujo de bilis puede causar heces grasosas, deficiencias nutricionales y mala regulación inmunitaria.

“Niños con TEA y comorbilidades gastrointestinales exhiben baja actividad de enzimas digestivas, pobre integridad de la barrera intestinal y presencia de anticuerpos específicos para proteínas dietéticas en la circulación periférica.”

Sanctuary MR, et al. (2018, Frontiers in Nutrition)

  • El intestino delgado, fundamental en el proceso digestivo.

En el intestino delgado, las enzimas pancreáticas terminan de fragmentar los nutrientes; los carbohidratos se convierten en glucosa, las proteínas en aminoácidos y las grasas en ácidos grasos y glicerol.

Las vellosidades intestinales absorben estos nutrientes hacia la sangre. Si hay inflamación, disbiosis o hiperpermeabilidad intestinal, este proceso se altera. Se afecta tanto la absorción de nutrientes como la función de barrera y defensa para evitar que sustancias, tóxicos y patógenos entren al torrente sanguíneo y alteren nuestro organismo de manera sistémica.

  • La microbiota intestinal, una aliada fundamental

La microbiota intestinal participa al descomponer la fibra no digerible, producir ácidos grasos de cadena corta, como el butirato, beneficiosos para nuestra salud, produce vitaminas (como la K y algunas del grupo B) y ayuda en la absorción de minerales y mantiene la integridad del sistema inmune y la barrera intestinal.

En las personas con autismo, se ha observado un patrón de disbiosis intestinal, con bacterias proinflamatorias más abundantes (Adams et al., 2011, BMC Gastroenterology).

Cuando la digestión no funciona correctamente y sus implicaciones en el autismo

Cuando los alimentos no se digieren correctamente, se pueden sufrir síntomas como dolor abdominal, gases, hinchazón, diarrea, estreñimiento, náuseas, vómitos, pérdida de peso o fatiga. Esto se debe a que el cuerpo no puede descomponer los alimentos ni absorber los nutrientes adecuadamente, lo que puede llevar a problemas como la desnutrición.

Cuando las proteínas son mal digeridas como, por ejemplo las que forman parte del gluten y la caseína, pueden generar péptidos con efecto opioide, relacionados con alteraciones conductuales y emocionales.

Cuando se padece hipoclorhidria, se dificulta la absorción de minerales esenciales para la neurotransmisión, como el zinc y el magnesio.

Si se genera una alteración de las sales biliares, se limita la absorción de ácidos grasos omega-3, vitales para el desarrollo cerebral.

La disbiosis de la microbiota intestinal favorece la inflamación crónica de bajo grado y afecta el eje intestino-cerebro. Afecta la producción de ácidos grasos de cadena corta, produce un desequilibrio entre los microorganismos beneficiosos y los patógenos del intestino; lo que puede causar diversos síntomas digestivos como hinchazón, gases, diarrea o estreñimiento, distensión abdominal y malestar. La disbiosis también puede alterar la motilidad del tracto digestivo.

La disbiosis puede ocasionar problemas no digestivos como la inflamación crónica, la fatiga, problemas de estado de ánimo, puede contribuir a trastornos emocionales y problemas de concentración. Las bacterias intestinales juegan un papel crucial en la regulación del sistema inmunológico; su desequilibrio puede debilitar las defensas del cuerpo. El desequilibrio en la microbiota intestinal, también puede aumentar la sensibilidad a alimentos provocando intolerancias.

“Los desequilibrios en digestión, inmunidad y detoxificación juegan un papel central en los cambios de comportamiento y estado de ánimo asociados con el autismo.”

Martha Herbert, MD (Harvard, The Autism Revolution, 2012)

Claves para favorecer una correcta digestión

  • Comer despacio y masticar bien.
  • Mantener una adecuada producción de ácido gástrico y bilis mediante una correcta hidratación, el consumo de alimentos amargos, evitar el uso de protectores gástricos sin una prescripción justificada y puntual.
  • Cuidar la microbiota con una alimentación natural, variada y rica en fibras prebióticas y alimentos fermentados.
  • Consultar a un profesional de la salud si se sospecha hiperpermeabilidad intestinal, hipoclorhidria o disbiosis. Este tipo de alteraciones se deben detectar y atender porque generan muchas afectaciones sistémicas. Recordemos que en nuestro organismo todo está interconéctado.

Somos los que comemos, digerimos, asimilamos y desechamos

La digestión es mucho más que transformar comida en energía. Es un proceso complejo que empieza en la boca y depende de factores como el ácido gástrico, las enzimas, la bilis, la integridad intestinal y la microbiota.

Cuando este sistema funciona bien, los nutrientes llegan a cada célula y sostienen la salud física, mental y emocional. En los niños con autismo, detectar alteraciones y cuidar este proceso, puede marcar una gran diferencia en su bienestar, calidad de vida y salud.

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