Vivimos en un entorno que muchas veces escapa de nuestro control, cada día más contaminado, con más tóxicos. Dentro de ese entorno existen amenazas silenciosas que pueden afectar profundamente nuestra salud, especialmente la de las personas más susceptibles. Las endotoxinas, micotoxinas y biotoxinas son compuestos tóxicos que, aunque invisibles, ejercen un impacto notable en los sistemas inmunológico, neurológico y gastrointestinal.
¿Qué son estas toxinas?
Endotoxinas
Las endotoxinas son componentes de la membrana externa de bacterias que se liberan cuando estas bacterias mueren o se dividen. Cuando ingresan al organismo, desencadenan una respuesta inmune potente, elevando citoquinas inflamatorias (proteínas del sistema inmunológico). Esta inflamación, si se cronifica, puede contribuir al desarrollo de trastornos neuroinmunes.
Micotoxinas
Las micotoxinas son metabolitos tóxicos producidos por ciertos hongos. Se encuentran con frecuencia en alimentos contaminados (granos, frutos secos, café, etc.) y también en ambientes con humedad (paredes, techos, sistemas de aire acondicionado). Las micotoxinas tienen efectos neurotóxicos, inmunosupresores y genotóxicos (que puede causar daño al material genético).
“Las micotoxinas suponen un riesgo sanitario relevante, sobre todo para grupos sensibles como niños, personas inmunodeprimidas o con enfermedades crónicas.”
Seguridad alimentaria y micotoxinas. Facultad de Farmacia y Nutrición, Universidad de Navarra.
Biotoxinas
Las biotoxinas abarcan un grupo amplio de compuestos producidos por organismos vivos (bacterias, mohos, algas o insectos). Pueden provocar daño mitocondrial, desregulación inmune y alteraciones cognitivas.
¿Cómo afectan al organismo?
Estas toxinas, aunque diferentes, tienen en común una cosa: generan inflamación sistémica, disbiosis intestinal, disfunción mitocondrial y estrés oxidativo. Estas rutas son fundamentales en el desarrollo de enfermedades crónicas y trastornos del neurodesarrollo.
En personas con autismo, donde ya existe una vulnerabilidad en los sistemas de desintoxicación, inmunidad y barrera intestinal, la carga tóxica puede actuar como un “detonante biológico” que agrava o perpetúa síntomas como irritabilidad, niebla mental, conductas repetitivas o trastornos gastrointestinales.
Numerosos estudios han vinculado la exposición a micotoxinas y endotoxinas con un aumento en la neuroinflamación, la disfunción de la microbiota intestinal y el deterioro de la comunicación entre el eje intestino-cerebro. Se plantea una relación significativa entre la toxicidad ambiental y el autismo. En palabras del Dr. Dietrich Klinghardt, médico especializado en medicina ambiental:
“En el autismo, los tóxicos ambientales son como gasolina en el fuego. Si no los eliminamos, el sistema nervioso no puede sanar.”
Dr. Dietrich Klinghardt
Estudios recientes respaldan esta visión. Por ejemplo, un trabajo publicado en Toxins (2020) encontró que niños con autismo tenían niveles más altos de micotoxinas en orina comparado con grupos control, indicando una carga mayor de exposición o una menor capacidad de detoxificación (Exposición a micotoxinas y autismo: una revisión sistemática del mecanismo molecular, Kaur et al., 2020).
¿Cómo abordarlo?
Desde un enfoque funcional y de estilo de vida, el objetivo es reducir la carga tóxica y fortalecer los sistemas naturales de detoxificación:
- Evaluar el entorno
Evitar alimentos procesados y granos mal almacenados.
Detectar y reparar humedades en casa.
Filtrar el aire en habitaciones, especialmente en dormitorios.
2. Apoyar la detoxificación
Usar nutrientes que apoyan el hígado.
Favorecer la excreción con el consumo de fibra soluble, cuidar y promover la sudoración.
- Reparar la barrera intestinal
Implementar una dieta antiinflamatoria.
Usar prebióticos, probióticos y nutrientes que apoyen la reparación de la barrera intestinal y las mucosas.
- Evaluación profesional
Existen pruebas clínicas para detectar micotoxinas en orina y otros biomarcadores. Siempre deben interpretarse por profesionales especializados en medicina ambiental o funcional. La guía profesional es fundamental.
Muchas toxinas pueden ser invisibles pero su efecto puede ser profundo y silencioso, especialmente en cerebros en desarrollo o personas con sistemas vulnerables y alteraciones en la detoxificación; como las personas con autismo. Humanizar el autismo también implica mirar lo que no siempre se ve a simple vista: el entorno, el cuerpo, la bioquímica.
Conocer este tipo de toxinas y su impacto, nos permiten prevenir y actuar con una mirada integradora para mejorar la salud y la calidad de vida.