Vivimos en un mundo moderno que ha traído grandes avances, pero también un incremento sin precedentes en la exposición a tóxicos ambientales. Aunque muchas veces son invisibles o silenciosos, estos compuestos tienen un impacto profundo en nuestro cuerpo, especialmente en el cerebro, el sistema inmune y el metabolismo. Este efecto puede ser aún más marcado en personas con condiciones y susceptibilidades, como el autismo.
Los tóxicos ambientales son sustancias físicas, químicas o biológicas presentes en el aire, el agua, los alimentos y en objetos de uso cotidiano. Algunos ejemplos son:
- Físicos: radiación electromagnética, contaminación lumínica y sonora, la electricidad sucia, la alta frecuencia.
- Químicos: Pesticidas, metales pesados (mercurio, plomo, arsénico), plásticos como bisfenoles y ftalatos, disolventes y aditivos alimentarios.
- Biológicos: bacterias, virus, protozoos, hongos, mohos y endotoxinas.
Estos tóxicos no solo afectan de manera localizada y puntual a alguna parte del organismo, sino que alteran todo el equilibrio de nuestro sistema. Son un factor estresante para nuestro organismo. Algunas de las alteraciones que generan son:
- Promueven inflamación crónica de bajo grado.
- Desregulan el sistema inmune y endocrino.
- Afectan la microbiota intestinal, debilitando la barrera intestinal y favoreciendo estados de disbiosis.
- Alteran la función mitocondrial, afectando la producción de energía celular y favoreciendo la fatiga.
- Contribuyen a la disfunción cerebral y a la neuroinflamación, afectando la claridad mental, la conducta y el estado de ánimo.
Un estudio publicado en Environmental Research destaca que la exposición crónica a contaminantes puede contribuir significativamente al desarrollo de enfermedades metabólicas, neurológicas y autoinmunes.
¿Qué impacto tiene esto en el autismo?
Las personas con autismo suelen tener una mayor vulnerabilidad biológica debido a factores genéticos y epigenéticos. Muchos presentan alteraciones en las vías de desintoxicación, estrés oxidativo elevado y disfunción mitocondrial, lo que puede amplificar los efectos adversos de los tóxicos.
Además, diversos estudios señalan una asociación entre la exposición prenatal y posnatal a pesticidas, metales pesados y ciertos disruptores endocrinos con un mayor riesgo de trastornos del neurodesarrollo, incluido el autismo (Lyall K et al., Environmental Health Perspectives, 2017. doi:10.1289/EHP604).
Los tóxicos pueden contribuir a procesos de neuroinflamación, interferir en la señalización neuronal y alterar el equilibrio de neurotransmisores, afectando así la comunicación y la conducta.
¿Qué podemos hacer?
Como dijo el doctor José Luis Jorrín, especialista en medicina ambiental y profesor en la Universidad de Navarra:
“La exposición a tóxicos ambientales es una de las amenazas silenciosas más importantes para la salud humana, pero también una de las más prevenibles.”
Desde el enfoque integrativo y de medicina de estilo de vida, existen estrategias clave para minimizar la exposición y apoyar al organismo:
- Priorizar alimentos orgánicos y frescos. Consumir agua filtrada y reducir envases plásticos.
- Ventilar los espacios y evitar el uso excesivo de productos químicos de limpieza.
- Fomentar prácticas que apoyen la detoxificación natural: movimiento físico, sudoración, buena hidratación y manejo del estrés.
- Apoyar la salud intestinal y la función mitocondrial con una alimentación antiinflamatoria y suplementos personalizados (bajo supervisión profesional).
Cada día son más los tóxicos a los que estaos expuestos. Me parece imprescindible informarnos al respecto y tratar de minimizar la exposición lo más que padamos. Al reducir la carga tóxica y fortalecer los sistemas naturales de defensa, podemos mejorar la salud integral y la calidad de vida.